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    Noviembre 2018 - Editorial revista Transporte Profesional

    Javier Baranda Javier Baranda Editorial

    Y ahora…, ¿qué?

    Prácticamente no existe reunión, comité ejecutivo, junta directiva o asamblea, regional o nacional, donde no se analicen en detalle los problemas del sector del transporte de mercancías. Perfecto y lógico.

    Ocurre, no obstante, que en estos encuentros convergen, año tras año, los mismos planteamientos e idénticas quejas. Da la sensación de que se han convertido en “mantras”, esas letanías budistas que se recitan machaconamente una y otra vez, sin soluciones concretas. Lo peor es que a los viejos problemas que parecen no tener salida (todo lo contrario, se enquistan y agravan), se les unen -también año tras año-, otros nuevos no menos peliagudos.

    El 17 Congreso de la CETM no iba a ser una excepción en este aspecto, pero con matices significativos y sorprendentes, protagonizados por el presidente de la Confederación, Ovidio de la Roza, al proponer –al finalizar el acto de clausura- que se estudie y ponga fecha para “el cese de la actividad de todos los servicios de transporte de mercancías por carretera”.

    Claro está que los “matices” no son otros que los argumentos que avalan este radical planteamiento de nuestro presidente.

    ¿Qué ha pasado, sobre todo en el último año, para que CETM, que siempre ha mostrado un talante dialogante y de búsqueda del consenso, se incline por hacer esta llamada a sus asociados?

    ¿Por qué el sector mantiene una guerra declarada y abierta en todos los frentes, con cargadores, grandes constructoras concesionarias de autopistas de peaje, lobbies de la industria y administraciones?

    ¿A qué es debido el haber llegado a una situación, crítica, plagada de incertidumbres y desafíos? ¿Tan mal funcionan las empresas de transporte, de forma que a mayor productividad se consiga una absoluta falta de rentabilidad? ¿Por qué no se valora como debe la profesionalidad y dedicación en el trabajo para atender las demandas de sus clientes, los cargadores?

    ¿Cuál es el motivo por el que las administraciones, con Fomento a la cabeza, no tengan interés alguno en el sector, no ofrezcan una respuesta adecuada a sus problemas, tanto en el ámbito nacional como internacional, cuando su contribución es vital para la economía del país? ¿Por qué al Gobierno solo parece importarle la subida de la fiscalidad, como ocurre ahora con el gasóleo?

    ¿Cómo es posible que se criminalice a un sector estratégico que realiza grandes inversiones en vehículos, formación y tecnología?

    Las respuestas son de todos conocidas.

    No es posible alcanzar acuerdos con los cargadores. A los requerimientos de los empresarios de transporte responden con la implementación de más tenders, de dilatados tiempos de espera en la carga y descarga, de abusos y humillaciones para con los conductores. Se pierde el tiempo en largas negociaciones que no conducen a nada, mientras esperan que caiga la “fruta madura” de las 44 toneladas, sin contraprestación alguna. Y para qué hablar de los precios, cuando además los plazos de cobro se extienden y la morosidad aumenta.

    En esta “guerra” con los cargadores debe mediar la Administración, pero “ni está ni se la espera"

    Tampoco interviene como debiera para contener la pandemia de los peajes obligatorios, un sabroso “pastel” para determinadas CCAA.

    No se hace lo necesario, por otra parte, para poner coto a las falsas cooperativas, a las empresas buzón y a la incipiente economía colaborativa.

    Se producen retrasos sin cuento en la publicación de la normativa (el ROTT es un ejemplo más) y no se sabe nada de los módulos para 2019. Y para qué hablar del “internacional”, de la vuelta a casa de los conductores, del cabotaje, de las flotas extranjeras que campan por nuestro país sin control…Y de mil problemas más, como la falta de conductores y de recursos para formación.

    El sector del transporte está dolorosamente harto, más allá del límite de su paciencia. Las presiones son insoportables (cargadores, peajes, fiscalidad, morosidad…), y se pregunta qué hacer.

    A nadie le gusta un paro, pero tampoco a nadie le atrae la idea de volver a recitar el “mantra” de los abusos en la próxima reunión. Ha llegado el momento de la reflexión, de decidir si queremos el transporte de la supervivencia, de la miseria quizás o el de la justicia, de la consideración y el respeto. El cómo conseguirlo será tarea de todos, con criterios unánimes. Las próximas reuniones, estas sí, serán trascendentales.

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